
AL DESPERTAR… Era muy temprano, todavía no había sonado la alarma, pero aún así, me desperté sobresaltada. Estaba tumbada en la cama boca-arriba, con los ojos aún pegados y el pelo alborotado. Vestía tan sólo unas blancas bragas muy cómodas y me arropaba una suave sábana blanca y azul. El ruido que me sacó sin avisar de mi plácido sueño persistía en el ambiente. Eran las voces de dos personas, un hombre y una mujer. Procedían de la habitación de arriba. Se podían escuchar perfectamente sus gemidos de placer. Cada vez con más claridad. Más y más fuerte. Con tanta intensidad que podía oler el sudor de esos dos cuerpos vivos agitándose. Llegó a tal punto que les sentía sobre mí. Su cama iba a reventar de tanta sexualidad concentrada y evaporizada por el calor. Sin poder evitarlo, mientras oía el incesante ruido de los muelles de la cuna que mecía ese ritual de pasión, comencé a acariciar mi clítoris. Los gemidos y los gritos de la chica llegaron a fusionarse con los míos, sentía su placer… De repente me vino una idea a la cabeza, era perversa y morbosa. Pero sin pensarlo dos veces, abrí el cajón de la mesita de noche y, con mi mano izquierda, saqué el mechero. Era un mechero que tenía una forma anatómica muy muy sugerente… Tenía forma de pene erecto. Me lo regaló una compañera de clase no hacía mucho. Mis amigas y yo nos hicimos fotos con diferentes posturas simulando coitos inimaginables con el mechero, como si fuéramos contorsionistas. Me bajé las bragas y me deshice de ellas a patadas. Agarré con fuerza mi pene-mechero y lo introduje lentamente en mi lubricada vagina, sin parar de presionar y sondear mi clítoris con la otra mano. No podía pensar en nada. Solo sentía placer, calor. Era como si me evadiera de mí misma para percibir a mi persona cada vez con más lucidez y claridad. Saber exactamente lo que necesita mi cuerpo y moverme para responderle y darle lo que quiere. Sin procesar nada, como si todo fuera algo predeterminado, como si cada movimiento, por pequeño que fuera, completara mi mundo. Seguí flexionándome y masajeando toda mi zona genital sin saber cuál era la fuerza que me empujaba. Simplemente actuaba y sentía. Creía que me iba a desbordar, que ya no cabía en mí misma. Llegaba el orgasmo como la explosión de algo tan grandioso que no podía permanecer en mi alma y en mi cuerpo sin salir al exterior, algo que albergaba en mi interior y que tenía la necesidad de resurgir y llenarme desde fuera. Segundos inmensos. Una vida entera flotaba a mi alrededor. Yací exhausta, con la respiración entrecortada, aspirando a bocanadas cada gota de aire como si se me fuera la vida en ello. Recuperé el aliento al poco rato. Mientras, sólo gozaba. En mi mente sólo flotaban imágenes densas y deformadas. Quedé completamente seca, quieta y me volví a dormir. Me levanté después de casi una hora, cuando sonó el despertador. Lo apagué y me encendí un cigarro. Me lo fumé tumbada en la cama, cerrando y abriendo los ojos muy lentamente. El humo entraba en mí, filtrándose por la boca, los pulmones, las venas, la sangre y los huesos, para luego salir purificándome. Ya ni me acordaba de los vecinos de arriba. Al salir de casa para ir a clase, me crucé con una pareja en el rellano de las escaleras. Se sonreían y miraban felices y enamorados. Ni se percataron de que yo estaba cerrando mi puerta cuando pasaron por mi lado bajando juntos las escaleras a pequeños saltitos. Yo, simplemente, comencé a bajar las escaleras detrás de ellos y me fui a clase. JMS |
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